Ricardo Valenzuela

Al descubrir ese Jesús diferente que encontraría en los evangelios gnósticos perdidos durante 1,700 años, un Jesús con el cual yo me podría contactar, en mi escéptica mente se abría un gran apetito para encontrar quién realmente era Jesús y, sobre todo, cómo ese supuesto hijo de un carpintero había adquirido esa sabiduría increíble, cómo un hombre había sido capaz de ejecutar acciones “milagrosas” las que, para mí, durante toda mi vida serían solo inventos de mentes portadoras de una gran imaginación. Habiendo resuelto esas dos interrogantes, debía ahora pasar para, con una nueva actitud, conocer la realidad de los tres años finales de su vida.
Y sintiendo mi glándula pineal rescatada, lo primero que pude ver es que Jesús fue un ser más humano que divino, lo que de inmediato me atraía más hacia él. Acudí a muchas fuentes, pero, el historiador de aquella era, Flavio Josefo, fue la gran referencia que me indicara otros caminos a seguir. Me di cuenta de que los mensajes de Jesús no eran tan dulces como me lo habían enseñado. Sus palabras eran dinamita con tintes de ternura como cuando afirmaba; “el templo no es el único mediador,” no decía, el templo es falso etcétera. “Los últimos serán los primeros,” no insultaba a los originales, afirmaba que se podía llegar a ese lugar que había sido exclusivo.
Era ya claro que Jesús había venido, no con una nueva lista de reglas, sino a liberar conciencias dormidas, no a construir algo nuevo, sino hacernos recordar lo que ya teníamos y lo habíamos olvidado. Vi claramente a un Jesús lejano a las imágenes de delicadeza en las pinturas renacentistas, si no a un Jesús rebelde, agresivo, asertivo, de inteligencia superior y, sobre todo, gran comunicador, con lo que daba potencia a la frase cimiento de su edificio. “Tú también puedes.” Eso me hacía recordar la frase de GB Shaw; “sal a conseguir lo que quieres o te verás forzado a aceptar lo que tienes. Donde no hay ventilación, el aire puro es insalubre, donde no hay cultura, la ignorancia es ciencia.”
La era y la región que le tocó vivir a Jesús era un remolino de pasiones y un latente polvorín controlado por un imperio tiránico, cruel, explotador de tanta gente infeliz, paralizada, esperando algo que les pudiera cambiar sus vidas. La sociedad de Romanos y Fariseos era esa fuerza que los había sometido durante siglos, y eso provocaba un campo fértil para algún cambio. Jesús llegaba como revolucionario de la conciencia, el arma con la potencia para provocar cualquier cambio. Lo que presentaba este hombre era política pura, no mensaje religioso, era mensaje político, filosófico, espiritual. Y aparecía Jesús cuando el edificio imperial estaba a punto del derrumbe. La que se repite hoy día.
Jesús arribaría, no gritando, vamos a expropiar a los ricos, él gritaría, vamos a liberar, no acudiendo a la fuerza de las multitudes, sino al ser humano paralizado por el sufrimiento, el miedo, la gran desesperanza. La iglesia y sus historiadores le han dado la apariencia religiosa, porque el destapar la verdad, sería el gran cuestionamiento del nacimiento de la iglesia y su función. Jesús promovía el cambio de las estructuras políticas, sociales, económicas, pero, como responsabilidad del individuo que, el primer paso, era despertar su poder interior. No gritaba; “Trabajadores del Mundo, Rebeláis. Él gritaba; Humanidad Despertáis.
Jesús era hijo de un hombre rico que la historia lo ha destituido describiéndolo como un hombre gris, tibio, un carpintero. Pero la realidad indica era un constructor próspero y rebelde ante las injusticias de los romanos y fariseos. Es decir, era más admirable que un rico tuviera conciencia para rebelarse ante la injusticia, exponiendo su prosperidad, que un pobre sin tener nada que perder. Por eso Jesús desde su nacimiento aprendería de su padre, ya rico, tuviera esa conciencia de redimir a los que sufrían. Pero, la iglesia que después condenara la riqueza como pecado, a Jesús le darían la falsa etiqueta de pobre carpintero.
Porque como eternamente lo hemos visto, en las estructuras sociales siempre los ricos son los primeros que se oponen a los grandes cambios, puesto que, ese viejo entarimado siempre ha sido la forma como adquirieran su riqueza. Por eso surge su sociedad con los gobiernos y la iglesia que les ponen los platos de la riqueza sobre la mesa, y esos falsos ricos pagan muy bien a los gobiernos para mantener a los mismos en el poder. Pero, lo más dramático, esa diabólica sociedad al correr el tiempo convirtió a la iglesia en la organización más grande y rica del mundo. Por eso aparecía Jesús en el templo par expulsar a los mercaderes que eran los inicios del reinado de los oligarcas globalistas.
De esa forma, Jesús que estaba invirtiendo el esquema siempre inflexible, no para destruir a los ricos, sino para elevar a los pobres, agregando libertad al esquema oxidado. Y la inspiración que ofrecía a los pobres la describía Tomás en su evangelio; “El sembrador tomó un puñado de semillas y las esparció. Algunas cayeron entre rocas y se perdieron. Pero las que cayeron en la tierra buena produjeron cosecha abundante, rindió sesenta por medida y ciento veinte por medida”. En esos momentos se me develaba ese Jesús economista, enemigo de la riqueza mal habida, pero un sabio consciente de la necesidad de crear riqueza en libertad.
Jesús no gritaría Tierra y Libertad, gritaba Conciencia y Despertar. No publicaría Pronunciamientos demagogos, ni Planes Económicos estilo URSS llenos de candados. Tampoco aseguraba nos llevaría al Edén de la infinita abundancia. Afirmaba. “No se cosechan uvas de los espinos, ni se recogen higos de las zarzas, pues no habrá frutos. Una persona buena de su tesoro saca lo bueno. Una persona perversa de su tesoro saca la maldad, la abundancia en corazón perverso saca la maldad.” Jesús al esquema de producción, ya armado con libertad, le agregaba la moralidad tan ausente en la mayoría de los seres humanos que todavía acumulan el poder dictando futuros.
A este punto de mis análisis, me daba cuenta de algo muy importante. Esos tres años de la vida de Jesús, después que regresara del oriente, era la gran oportunidad para, como nos lo había pedido, siguiéramos su ejemplo para lograr esa conciencia divina haciendo uso de las armas que ya teníamos en nuestro interior. Esos tres años eran el manual con el que debíamos encontrar el camino hacia nuestra transformación, ese camino que nos habían ocultado, mientras el polvorín sigue amenazando. Sin duda Jesús, para mí, ahora era relevante por haber sido más humano que divino. No ese dios inalcanzable de la iglesia.
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