LA FALSA RIENDA DE LA VIDA EN SOLEDAD

Ricardo Valenzuela

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 “El hombre más fuerte del mundo es aquel que  siempre se mantiene de pie, estando ya solo, cuando todos han caído.”

Henrik Ibsen  

Un par de amigos, no de esos que lo han sido toda la vida que me conocen bien, al leer mi nota de ayer me contactan pidiéndome expandiera esa línea donde describo mi soledad como un gran elemento del hombre, siendo que, para la mayoría de la gente es un estado de ausencia, es esa sombra negra que, armada con su silencio, surge como ese demonio que todos temen y siempre han tratado de evitar. 

Y debo iniciar afirmando que, en mi caso, ese ha sido un estado natural desde que tengo uso de razón. Dese niño se me etiquetaba de antisocial, alguien alérgico a las actividades sociales y, de forma especial, mi madre se preocupaba porque siempre buscaba estar solo, porque jugaba solo en un mundo imaginario que yo mismo construía. Y cuando mis amigos de la escuela ya debutaban en actividades sociales clásicas de adolescentes, yo prefería ir a lazar becerros en mi mundo imaginario. Porque con esa imaginación construía mi realidad sin quien me detuviera.

 Una de ellas, alimentada por el gran exboxeador y mejor coach, el Chucho Llanes, me llevaba a convertirme en campeón mundial de box pues, habiendo convencido a mi padre, me había construido un gimnasio tan completo como donde el Chucho entrenaba chamacos de clase humilde en el parque Madero. Y todas las tardes furiosamente entrenaba a veces acompañado de quienes después serían boxeadores profesionales, como Tony Pérez, con quien establecía una amistad que nos haría compadres. Y era tal mi pasión, que el Chucho trataría de convencer a mi padre para llevarme a la selección de quienes irían a olimpiadas. 

Y, al llegar a Monterrey para iniciar mis estudios profesionales, mi personalidad era tal que mi sobrenombre de chero, iniciado desde la secundaria, en el Tec de Monterrey se reafirmaría y todos los estudiantes de diferentes partes del país e, inclusive, de países extranjeros, hasta la fecha lo siguen utilizando. Y era algo que me provocaba un gran orgullo. Algo que, en ocasiones, me surtiera desventajas mostrando mi dificultad para formar parte de la “sociedad,” como fuera cierta timidez, y así iniciaría una reflexión pensando era un defecto hasta para interactuar con las muchachas de la realeza. 

Con el paso de los años, los esfuerzos para resolver “mi problema,” me llevarían a una introspección, no solo buscando resolver esa desventaja, sino llegar a identificar sus orígenes y posibles soluciones. Especialmente al encontrar el primer antibiótico mágico que fuera el alcohol. Pues cuando, a mis 16 años acompañara a mis amigos a un bar en el centro de Monterrey, al ingerir una cerveza, como por arte de magia desaparecía mi timidez, aquella inseguridad sin causa, dándole vida al superser de Nietzsche capaz de enfrentar a un ejército y conquistar a la más bella de la ciudad. Una visión equivocada de un niño.

Tomaría muchos años, infinidad de problemas, la traición y robo de un amigo, para finalmente entender mi soledad no era el problema. Todo lo contrario, me di cuenta de que la soledad, como lo afirmara Jung, era hermosamente bella porque era hermosamente libre y yo quería ser libre. Que la belleza de la soledad reside en el autoconocimiento, la paz interior y la autenticidad, pues transforma el aislamiento en un espacio para florecer, reconectar conmigo mismo y encontrar esa claridad, y me permitía apreciar el mundo desde una perspectiva pura para cultivar un amor propio saludable, era una fuerza malentendida. 

Entendí que la soledad era un poder no apreciado, que la soledad me daba la oportunidad de conocerme a mí mismo. Que mi realidad era defensa contra la ruidosa fuerza de las masas, no era mi defecto. La soledad era mi aliada, era el taller de mi alma que me llevaría a la reflexión cuántica. Porque solo en soledad puedes ver tu interior, es el lugar donde podemos ver y cultivar nuestro jardín amorosamente. Qué soledad no es ausencia, sino la presencia conmigo mismo. Estar solo no era estar vacío y yo debía ser mi mejor amigo. La soledad me daría empatía, me llevaría a identificar mis emociones y me daría las armas necesarias para lograr una conciencia superior, y de esa forma poder comprender a los demás.

La soledad me había dado la oportunidad de explorar regiones desconocidas, desarrollar una honesta relación con verdaderos amigos, no traidores. Me di cuenta la soledad no era castigo, era una bendición. Un lienzo en blanco donde podía dibujar. La soledad me provocaba estados de gran concentración, tan desconocidos en donde brota la creatividad, las nuevas ideas, la inspiración poética. Era esa sabia y honesta editora de mis conductas, mi propia consejera, mi propia directora, mi propia confesora. Mi puerto seguro y, de forma especial, generaba esa paz conmigo mismo. Eran invitaciones a un estado que me sedujeran. 

Ante mí aparecían los grandes pensadores siempre cantando odas a sus soledades, desde Marco Aurelio, Séneca, Epicteto, Nietzsche, quien la veía como un espacio para la superación y la creación, Schopenhauer y Thoreau la valoran para el autoconocimiento y la autosuficiencia. John Locke que inspiraría la constitución de EU.  Sócrates y Jung la conectan con la autenticidad y la capacidad de comunicación, y Sartre la vinculaba a la libertad y la angustia existencial, aunque Aristóteles la veía más como un estado para dioses, no para el ser humano. 

Me di cuenta de que en los confines de la soledad surge la autonomía, nos ayuda a descubrir capacidades desconocidas. Nos muestra como ser independientes, convertirnos en un poderoso líder, ese capitán temerario que es admirado por sus virtudes, a ser un explorador valiente que cruza el mar sin temer perder de vista las playas. Aspirar a emular a Jesús que viviría esa soledad en sus 40 días en el desierto. A mí me ha convertido en alguien que no requiere de la aprobación de la colectividad, porque estoy seguro camino, la verdadera ruta sin atajos, sin aplausos, porque construí un santuario interior. Y no intento convertir a nadie, solo a mi mismo y continuar mi camino. Esta es mi soledad.

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