Ricardo Valenzuela
Afirmaba Blaise Pascal que “todas las desgracias del hombre se derivan solo de su incapacidad para estar tranquilamente sentado solo en una habitación." Me llevaría mucho tiempo entender el potente significado de su afirmación, porque, sin mencionarla, Pascal se refería a la soledad, ese demonio tan temido por la mayoría de la gente que cuando yo desde niño ya la practicaba. Y esa horrible costumbre, entre otras cosas, me surtiría el sobrenombre de chero acompañado de la fama de ser antisocial. Sin embargo, el que me consideraran una mula espantada sin obedecer la rienda, nunca me preocuparía.
Una mala costumbre que, al acudir al Tec de Monterrey, en el piso del dormitorio que me asignaran residían otros diez sonorenses, y se iniciaba el abandono de ella, puesto que, ante el sentimiento de un chamaco de 16 años extrañando su tierra, ese grupo sería un antibiótico especial y el abandono se hacía cada día más intenso. Después, a prematura y temprana edad, mi vida se desarrollaría entre un esquema de grandes éxitos profesionales que, no solo me apartaran de mi soledad, sino que era una importante obligación que debería cumplir y abrazaba ese mundo de los grandes reflectores y multitudes, pero, siempre extrañándola.
