Ricardo Valenzuela
Una de las grandes confusiones en mi niñez, era atestiguar, sin comprender, cómo el gobierno mexicano despojaba a mi abuelo materno, Manuel P Torres, del patrimonio que había construido durante tantos años de trabajo cuando, habiendo iniciado como un simple arriero, llegara a construir una operación ganadera admirada por muchos, pero, para políticos corruptos y demagogos, era el ejemplo, no del éxito de un emprendedor solitario, sino del odiado latifundista enemigo de la revolución. Pero nunca entendería que, sin haber hecho algo mal, lo agredieran para despojarlo.
Pero, me esperaba un largo camino para ver la realidad que, ya en mi adultez, claramente interpretaba como una y las peores condenas de la humanidad. Y ya como un economista graduado, darme cuenta era algo cobijado por lo que el gran Nitzsche bautizara como la Moral de los Esclavos. Y el paso de los años me lo confirmarían paso a paso. Así, en estos momentos, viendo destrozos de Venezuela y Cuba, me doy cuenta del avance de ese destructor virus, no solo permitido, sino promovido por fuerzas diabólicas fuera de control. Y, en esta etapa avanzada de mi vida, sentí la necesidad de profundizar en busca de sus causas.
Y, sorprendido en el libro de Nitzsche, Mas allá del Bien y del Mal, con horror encontraba la inmoralidad convertida en una institución destructora. Algo que Nietzsche bautizara como la genealogía de la moral. El mundo, desde la emergencia del cristianismo, había llevado a cabo la transformación de los valores que llevaran al Imperio Romano a su grandeza, ahora eran sus pecados que lo condenarían. Así, la individualidad debía convertirse en la virtud de la tribu. Y aquella moralidad noble que fuera representada por la belleza, fuerza, riqueza, poder, la sana ambición, independencia, moría para establecer la nueva.
Ahora las nuevas virtudes serían la bienaventuranza de los pobres, requisito para ganar el cielo, el sufrimiento para la recompensa del mismo cielo, la humildad ahora sería la virtud de la sumisión, la abnegación y obediencia ciega serían los valores básicos del hombre transformado en mansa oveja de la nueva iglesia. Ahora los poderosos eran los malos, los débiles eran los buenos. Era la nueva moral en la que ahora bendecían a los fracasados. El fuerte ahora debería ser débil, los sanos deberían ser los enfermos, los valientes ser cobardes, los ricos deberían ser pobres, los bellos deberían ser feos, el valiente cobarde.
Un gran campo fértil surgiendo la hipocresía para vestir las máscaras de los moralistas, el utilitarismo se convertía en la poderosa arma de los gobiernos, los científicos pasaban a la nómina de las monarquías. Los que no querían abandonar la vieja grandeza, debían de fingir y no brillar demasiado. Ese nuevo entarimado de falsa moral haría que surgiera el nihilismo, porque todo así parecía no tener sentido en medio de esa nebulosidad. Por eso Nietzsche profetizaba que el siglo 20 sería el reino de ese nihilismo, de la inmoralidad que provocara las guerras mundiales, ante la bancarrota moral de las sociedades controladas.
Nitzsche lanzaba uno de sus dardos más certeros. Afirmaría que el libre albedrío no existía, pues, la nueva moral era obligación condenatoria que les serviría para inventar el infierno. Su famosa voluntad de poder estaba encadenada, pues, querían anular las herencias biológicas, sociológicas. El falso libre albedrío se usaría para neutralizar los dictados de la naturaleza que pretendían manipular con su dictado forzoso. Todo se estaba construyendo sobre cimientos falsos. Nacía la enfermedad de la era que, ante la confusión, se aceptaría esa falsa moralidad sin creerla y, simplemente, decidían que los llevara la corriente, nunca los valores morales, pues, los habían perdido.
Y en medio de la nueva mediocridad, Nietzsche afirmaba que debía surgir ese hombre que los tiranos y sus falsos enemigos tanto temen. Ese hombre que no aceptaría ser arriado, porque estaba seguro él podía navegar en otras aguas y estaba dispuesto a que en ese navegar perdiera de vista las playas. Ese hombre que transitaría “más allá del bien y del mal”. Ese espíritu libre que tanto habían combatido los tiranos. Ese hombre que, inspirado por Jesús y la individuación de Jung, utilizando su poder interior, inventaría sus propias reglas para afirmar su vida y construir su realidad. Ese hombre que nunca aceptara la cobardía del resignado dependiente y siempre lucharía.
Y debía iniciar con una reestructuración de sus valores. Su amor al próximo debía ser selectivo. Jamás debería caer en la trampa de la falsa humildad que, lejos de ser virtud, fuera debilidad de los cobardes que han sentenciado al mundo. No aceptaría esa falsa igualdad para elevar al débil sacrificado al fuerte. Declararse el gran enemigo de esa falsa moral del esclavo que había estado invadiendo al mundo. Continuar siempre buscando la verdadera grandeza, la del alma del hombre justo. Ser ese escultor que se cincela a sí mismo y de nuevo admirar lo bello, lo saludable, el éxito merecido, lo hermoso de la naturaleza.
Ese hombre que sabe los valores de la sociedad son producto de una humanidad corrompida por el ideal de racionalidad y la veneración de falsos ídolos. Ese hombre dispuesto a luchar para que romper esos valores y sustituirlos porque se oponen a la evolución de la vida. Un hombre que debió trascender los viejos valores de esta época, y solo así estaría listo para proceder a la creación de los nuevos. Porque sabe bien es cuando el hombre puede acceder al poder interior que invocaba Jesús, y convertirse en el superhombre (Ubermensch de Nitzsche), libre de las cadenas que le impedían crear nuevas circunstancias. Así, el individuo ya nunca seguiría antiguas definiciones sobre lo bueno y lo malo, sino que se regiría con sus propias reglas naturales.
Y, sobre todo, siempre rechazando al famoso último hombre sin metas, sin ambición, sin dirección, sin coraje, que solo quiere caminar seguro hacia su esclavitud. Porque ellos son los que siempre han sido utilizados para formar tragedias como Venezuela, Cuba, México y toda América Latina. Pues los peores tiranos son esos que, vistiendo sus máscaras de redentores, forman esas manadas que les permiten destruir todo a su paso. Los que han permitido demonios como Fidel Castro, Chávez, Maduro, Stalin, Hitler, Mao, transiten a través de la historia con total impunidad, destruyendo vidas. Pero ¡cuidado! El ubermensch finalmente ha surgido con una fuerza nunca vista.
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