Ricardo Valenzuela
“En la casa
del hombre rico no había donde escupir, así es que le tuve que escupir su cara”.
Diógenes de Sinope
En esta etapa de mi vida, esta vida ya apuntando hacia una fecha muy especial, del aniversario un evento que estaré celebrando en unos meses y este año apuntando a su final. Así antes de esa fecha me autoelijo como favorecido por estos años de paz, de mucha reflexión, de una bendita soledad y, sobre todo, un desarrollo personal, espiritual, intelectual, que me ha dado una nueva perspectiva de la vida y sus diferentes capítulos.
Y con esta mente producto de estos años que buena parte han sido en medio de esa hermosa soledad, quiero iniciar una serie de revelaciones de lo encontrado en esos desconocidos niveles de conciencia, que ahora entiendo en esas lecciones cuánticas desde Carl Jung, Spinoza, hasta los filósofos de su permanente fiera critica de la humanidad, con razones irrefutables, Diogenes de Sinope, Schopenhauer y, sobre todo, el gran Nietzsche. Todos despreciados porque nos señalaban las incomodas verdades como Diogenes al afirmar; “¿De qué sirve un filósofo que no hiere los sentimientos de nadie?”
Hoy quiero hablar de un elemento cada día más escaso en todas las sociedades del mundo y lo está destruyendo, la moral. Y no solo la ausencia de moral, sino también la presencia de los nuevos conceptos de esa moral destructiva que ha creado esos diabólicos pastores, y millones de ovejas en ese rebaño solo obedeciendo. Para ello inicio con una cita de Ayn Rand:
“A través de siglos de azotes y desastres, surtidos por tu código de moral, has clamado que ese código había sido quebrantado, que los azotes eran el castigo por haberlo violado, que los hombres eran demasiado débiles y egoístas para derramar la sangre que esto exigía. Tú, hombre maldito, maldita tu existencia, maldita tu tierra, nunca te atreviste a cuestionar tu código. Tu llorabas pues tu código era noble, pero la humanidad defectuosa. Y nadie se levantó. Y sí, esta es la era de una crisis moral y la humanidad está al final de su oscuro callejón. Si quieres vivir, recupera la moral”.
Para eso hay que conocerla ¿Que es moralidad o ética? Es un código de valores para guiar las acciones del hombre—Decisiones que determinan el propósito y el curso de su vida. La ética, como ciencia, debe lidiar con el descubrimiento y definición de ese código. Y para avanzar, debemos responder una pregunta, pues es la precondición de cualquier intento para definir, juzgar o aceptar ese sistema especifico de ética ¿Por qué el hombre necesita código de valores?
¿El concepto de valor, de lo bueno y lo malo, es una arbitraria invención humana, no relacionado, derivado ni apoyado por ningún hecho de la realidad—o es basado en algún factor metafísico, de una inalterable condición de la existencia del hombre? Como la realidad, la naturaleza de las cosas. ¿Fue una arbitraria convención, una costumbre, decreto con el que el hombre debe guiar sus acciones bajo un conjunto de principios—o existe algún hecho real que lo demanda? ¿Es la ética el terreno de los caprichos —de las emociones personales, los dictados sociales y las revelaciones místicas— o es terreno de la razón? ¿Es la ética un lujo subjetivo o una necesidad objetiva?
En el acusador registro histórico de la ética humana, con unas raras y fracasadas excepciones, los moralistas han considerado a la ética como provincia de caprichos, es decir, de lo irracional. Muchos de ellos lo harían tan explicito, intencionalmente—otros implícitamente en lo defectuoso. Un capricho es un deseo que experimenta una persona que no conoce y no le importa descubrir sus causas.
Uno de los síntomas de la bancarrota moral que vive el mundo, es esa nueva moda de calificar actitudes hacia asuntos de la moral definidos así: No hay negros ni blancos, solo grises. Nada es bueno o malo, todos es relativo. El mundo huérfano de valores superiores, pero rebosante de los valores del rebaño y la moral del esclavo, se detiene extraviado. El famoso nihilismo que denunciaba Nitzsche se apoderaba de Europa, ahora provocado la decadencia de la humanidad en la interpretación moral del mundo. Nada tiene sentido. Todos los valores pierden su validez ante los ejemplos del saqueo y abusos de paises por donde quiera.
El borreguismo inducido por mandatos de entrega total. Y con afirmaciones como; no hagas a los demás lo que no quieras que hagan contigo. En realidad, es una sentencia sin algún tipo de análisis. Prohíbe las acciones a causa de sus consecuencias nocivas; el pensamiento recóndito es que una acción es siempre respondida. Si actualizamos el Principe de Maquiavelo, diría; se deben ejecutar aquellas acciones para que los demás no se nos adelanten, para neutralizar a los malos de hacérnosla a nosotros. La frase prepara a las víctimas en potencia para festín de los actores más inmorales.
Supongamos que un corso, para salvar su honor hace uso de la vendetta. No es que quiera le peguen un tiro, pero la perspectiva de recibirlo, la probabilidad de esa bala, no lo detiene en la satisfacción de su honor. ¿No somos nosotros acaso, en todas las acciones de honor, indiferentes precisamente a sus consecuencias? El honor que representan nuestros valores y nuestra moralidad. El evitar una acción, por justificada que sea, pero que nos pueda acarrear consecuencias dañosas, sería precepto contrario al honor en general y nuestra defensa.
En cambio, aquella entrega total dibujada hermosa porque revela un tipo especial de borrego, y por medio de ella se formula el instinto del rebaño: Hay que ser iguales, hay que apreciarse igualmente, como yo te trato, así debes tú de tratarme. En este caso se cree en una equivalencia de acciones que en la realidad nunca se dan. No toda acción puede ser correspondida igual; entre hombres verdaderos no hay acciones iguales, por consiguiente, no hay posibilidad de respuesta idéntica. La vulgaridad de Mill: “lo que es justo para uno es conveniente para otro”. Y ¿Quién mide el valor de las aportaciones?
Porque en este mundo en que vivimos, los adelantos tecnológicos son muy superiores a la vigilancia y mantenimiento de los valores tradicionales y de la vieja moral. Yo ya no tengo ídolos como los tuve en mi abuelo, mi padre, ni siquiera en amigos que resultaron ser falsos y traicioneros. Y no lo expreso como, “si yo hubiera”, ni el “a malaya”, no, lo grito como un llamado a la conciencia y a la recapacitación para el futuro de los nietos.
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