Ricardo Valenzuela

Los resultados de la elección de ayer, para mí, ha sido una ráfaga de viento cimbrador y la oportunidad de llevar a cabo una reflexión, no dudando de mis profundas convicciones de libertad en toda su magnitud, física, social, intelectual, espiritual, tampoco de mi apoyo total al presidente Trump en sus esfuerzos apasionados para salvar un paciente, que tal vez no tenga remedio. Sino para llevar a cabo una revisión de antecedentes y, una vez más, acudir a la historia de cómo se ha postrado al pais en esta grave encrucijada que, muy seguido, me lleva a pensar no tiene solución porque sigue en manos de los políticos y todos son iguales, ineptos y corruptos.
El resultado de la elección, para quienes no tengan el cerebro paralizado, es abrir las puertas a quienes son los herederos de la ruta hacia la servidumbre que se arreciara desde la primera parte del siglo pasado, celebrando dos de sus victorias más importantes. El establecimiento del Fondo de la Reserva Federal, y la activación del anticonstitucional impuesto sobre la renta—prohibido por la constitución, asegurando era temporal para los gastos militares de la primera guerra mundial y allí lo tienen todavía.
Era solo la preparación para el segundo golpe que, curiosamente, también involucraba la guerra, el Fondo de la Reserva Federal, políticos, y el presupuesto del gobierno. Con el camino abierto FDR, el primer presidente socialista, masón grado 33, miembro del Illuminati, quien frecuentemente recibiera asesoría de Joe Kennedy a quien se identificaba como una liga entre los EU y Gran Bretaña antes de la Segunda Guerra Mundial, y fuera simpatizante nazi y miembro del grupo de magnates de EU en sociedad con magantes alemanes, que llevarían a Hitler al liderazgo de aquel pais en aquella reunión encabezada por el presidente del Deutch Bank.
No hay duda de que el presidente Hoover prepararía el terreno para FDR, miembro de una familia de banqueros quien había sido influenciado por un grupo de profesores universitarios socialistas todos miembros del Brain Trust, que participarían en la aventura que pensaba iniciar. En el libro que publicaran; “La Corporación Moderna y Propiedad Privada”, surgia lo que semejaba a otro grito de Marx pidiendo que el gobierno tomara control. De inmediato Roosevelt activaba su New Deal como el primer ataque formal a la libertad económica apuntando hacia la servidumbre socialista.
Habría ya esa tendencia y una historia que definía cómo, poco a poco, vilmente se desangraba a EU durante los años 70, 80, 90 e inicios del segundo milenio, en un coro uniforme donde demócratas y republicanos entonaban la misma música, la de la entrega a esas fuerzas que apuntaban hacia su conquista mundial. Sin embargo, la llegada de Obama a la casa blanca se convertiría en el peor ataque de la historia a la sobrevivencia de aquellos EU que durante un siglo lograran avances inimaginables, que se sacrificaba para, con lo que le arrancaban, darles vida a otros ante una sociedad desesperada ante sus pérdidas. Y, lo mas desesperante, era un proceso iniciado en los 60s con the New Society activada por Lyndon Johnson, el gánster de la política.
Ante este paso hacia el precipicio de un país que simplemente doblaba las manos ante tan graves agresiones amenazando su existencia, para una respuesta valiente y fundamentada, se tendría que esperar la emergencia de Murray Rothbard que, en protesta, publicara su magna obra; “La Gran Depresión Americana”. Una obra que, por su éxito en aquellos años, su segunda edición emergia a inicio de los 70s en medio de lo que sería la firma identificando el futuro americano, una resección inflacionaria. La tercera en 1975 con la misma resección que la llevara a otra que sería casi tan grave como la de 1930.
Sin embargo, después de la asesina administración de Johnson y la aparición de Carter que llevara el pais a orillas del precipicio, se aceptaba que el keynesianismo estaba en bancarrota, pero el gobierno mantenía sus políticas y las variables económicas empeoraban. Así se decidía apostar por Reagan que prometía una revolucion. Pero el entusiasmo bajaba al mismo tiempo que los déficits aumentaban y se coqueteaba con aumento de impuestos, aunque se afirmaba los déficits no eran tan malos. Pero si surgían gigantescos, provocarían presión sobre el FED para monetizar la deuda, total, unos dolaritos más no pintarían, y vengan las otras.
Reagan con su sueño de recuperar la grandeza de EU a través de las supuestas políticas de libre mercado, ya se les empezaba a culpar de la depresión económica de 1983. Por algún motivo que yo nunca entendí, Reagan se encontraba ante los déficits del presupuesto mas grandes de la historia. Y si sus colaboradores se atrevían a aumento de impuestos, era conceder los keynesianos eran ya parte de su equipo, pues Nixon había afirmado, “ahora todos somos keynesianos”. El tratar de curar déficits aumentando impuestos, era curar la enfermedad asesinando al paciente. Ese problema solo se puede resolver sanamente, con algo que muy pocos políticos se atreven, cortar de tajo los gastos del gobierno y aguantar los fieros ataques de todos lados.
Y ante el problema, que luego se agravaría en los siguientes años, la única solución la había dictado Hayek en su crítica de la situación similar de la Thatcher en Gran Bretaña. Inacción que siempre es causada por la falta de coraje de los políticos que, en lugar de liquidar de tajo las inversiones enfermas que se hacen en los booms artificiales, sufrir una corta resección y continuar. Con su “poco a poco” han provocado las eternas recesiones acompañadas de un estancamiento continuo y persistente de la productividad y el crecimiento económico. Pero su pusilánime gradualismo de más impresiones de dinero y a ver qué pasa, ha provocado algo peor, un infierno latente que todo mundo ha decidido ignorar. Y esa es la situación de todo mundo y nadie se atreve a detenerlo.
Hagamos un ejercicio con una poca imaginación. Detengamos el mundo entero y ya paralizado dictemos una medida. Todos los paises en estos momentos deben de pagar el total de sus deudas. Nos daremos cuenta de que sus activos no son suficientes para pagar ni siquiera un 10%. Además, todas las monedas del mundo no valen ni el papel donde las imprimen, y eso pone nerviosos a los Rothschild. En esos momentos el mundo mostraría que hace muchos años que ha estado en bancarrota y nadie se atreve a declararla y, como los crudos, otra cervecita.
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