LA SOLEDAD DEL PERRO

Ricardo Valenzuela

Archivo:Caspar de Crayer Alexander and Diogenes.jpg - Wikipedia, la  enciclopedia libre 

Uno de los personajes más desconocidos en la historia de las ideas, fue un filósofo verdaderamente especial y diferente a los que permanecen en ese olimpo de los grandes. Su nombre era Diógenes, el perro, que viviría durante el siglo IV AJ. Un hombre que la gente identificaba como orate y el pensamiento que representaba se le conocería como el cinismo. Un hombre que, al analizar su vida de protesta, nos daremos cuenta de que, hace 2,300 años, nos enviaba una advertencia de la forma en que la sociedad avanzaba hacia los infiernos del futuro, que se ha convertido en nuestro presente de incongruencias y amenazas. 

Ese hombre que decidió vivir como vagabundo en Atenas. Pues, para él, la virtud era el bien soberano. Los honores y riquezas eran falsos bienes que había que despreciar. El principio de su filosofía consistía en renunciar a lo convencional que todo mundo buscaba y no era de su naturaleza. Afirmaba que el sabio debía tender a liberarse de tantos deseos y reducir al mínimo sus necesidades. De día caminaba por las calles con una lámpara encendida diciendo que “buscaba hombres honestos”.  Diógenes muy pronto superó a su maestro Antístenes, discípulo de Sócrates, en reputación y austeridad en el modo de vida que había decidido. Al contrario que los otros ciudadanos de Atenas, vivió evitando los placeres terrenales.

Con esta actitud pretendía evidenciar lo que percibía como locura, fingimiento, vanidad, ascenso social, autoengaño y artificiosidad de la conducta humana en vía hacia su putrefacción. Cuando aparecía frente a él Alejandro Magno, que había escuchado de sus locuras, le diría, “pídeme cualquier cosa que yo te la concederé.” Diógenes le respondería, “hazte a un lado que me estás tapando el sol.” El gran Alejandro con sonora carcajada afirmaría, “si yo no fuera Alejandro, me gustaría ser Diógenes.” El filósofo le responde, “si yo fuera Diógenes, me gustaría también ser Diógenes”. 

La realidad era que Diógenes, siglos antes que Nietzsche, se había dado cuenta de la putrefacción de la sociedad que Nietzsche la definiera cincelada por la Moral de Esclavos. Ese rebaño que va siguiendo una caponera con su ruidoso cencerro. La multitud sin rostro apuntando siempre hacia donde el viento la llevara. Y la respuesta de Diógenes ante esa ola destructora era la soledad, lo que le provocaba ser ridiculizado por esa multitud porque era un espejo en el cual la gente se podía ver en toda su miseria. Pues su soledad no era producto del rechazo, era su elección y no ser parte de ese rebaño. Es decir, su soledad era elegida, pues, en ella encontraba su libertad e integridad. 

Una soledad inevitable frente a la pudrición social y había decidido no ser parte. Porque él podría también verse en su espejo y sentirse satisfecho, pues, no lo había contaminado, y esa era su verdadera libertad. Porque no buscaba la falsa comodidad del rebaño donde otros decidían por ellos. Para él las multitudes eran muñecos de algún titiritero en ese teatro de tantas falsedades. El ser parte de ellas era buscar esa aprobación social que todos querían perdiendo su individualidad. Era tener que aprender un idioma que jamás entendería, era estar en una fiesta sin entender sus chistes, pero todos reían. 

Él veía con claridad que las masas detenían el proceso de su desarrollo interior, esas falsas convenciones que, al rechazarlas, ante sus ojos lo etiquetaban como desadaptado mientras ellos avanzaban en la petrificación de sus cerebros. Sin embargo, sabía, todos los grandes genios hacían sus aportaciones en su soledad, pues, solo en su soledad surgían sus capacidades y era el precio de sus grandezas, el pago por su sabiduría. Porque esas concentraciones eran enemigas de la creación y del desarrollo de esa inteligencia cuántica. Las masas eran solo repetidoras, nunca creadoras, solo el sonido de su mediocridad intelectual. 

Nietzsche, muchos siglos después, inspirado por Diógenes, afirmaría que las peores decisiones se toman en sociedad. Y ese era el proceso que se había promovido a lo largo de los siglos. Se había estado asesinando la individualidad, programándonos para sumarnos a esas masas. Esas masas que aniquilan al individuo porque incluye programar ciertas partes del cerebro, para luego entregar esa voluntad de las masas inermes. Las decisiones, afirmaba, siempre se deben tomar en la soledad, algo que desde la era del gran Diógenes se ha combatido. Por eso, en estos momentos el mundo surge como esa multitud descerebrada. 

Diógenes se burlaba, pues él era el cuerdo que nunca aceptaría integrarse a las masas y congelar su inteligencia. Él fue quien decidiera no caer en el engaño de las mayorías descerebradas. Para él la soledad era el capullo donde se desarrollan circuitos de la inteligencia desconocidos. Explorar esos caminos inexplorados. Y tenía claro, los grupos son letales asesinos de la inteligencia. Esas sociedades actuales con celulares incrustados, donde una de sus satisfacciones es lograr muchos likes por cuantas pendejadas cuelguen en su Facebook antes de las 8 AM, donde tipos como Maduro lideren países, otros donde defiendan a Cuba.

Esas masas que han absorbido a “científicos” que se preocupan más por lucir sabios no por producir innovaciones, y esto solo se logra en la soledad de quienes rechazan esas masas descerebradas. Solo en la soledad la mente se expande sin el molesto ruido de las masas sedientas de pan y circo. Esos pensadores valientes solitarios que nunca son frenados por los dueños de esas masas y no sucumben por las demandas sociales. Esos que señalan lo que nadie se atreve, que no piensan para alguna audiencia, piensan para ellos como filtros del rugido social y emergen siempre con autenticidad. Y lo mas grave, todas esas masas son soldados de los titiriteros que los crearon. La gran estupidez colectiva. 

Pero hay los que viven con sus propios valores sin quien los rete porque su inteligencia es pura y propia, no social. Otros buscan aplausos sociales. A Diógenes no le importaban pues él no buscaba ni esperaba nada, solo vivía según sus reglas, por eso sus ideas han sobrevivido por más de 2,000 años. Por eso Tesla, Giordano Bruno, Einstein, eran motivados por sus valores personales y deseos de aportar algo para la humanidad, no por los aplausos, y sus increíbles logros, no cobijados por la ONU, fueron estructurados en el altar de su soledad.                 

 

 

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