Ricardo Valenzuela

Al terminar la lectura que me habria llevado a conocer al verdadero Pitágoras, sentí era una historia que no terminaba en ese punto del sendero donde mi caminar me habia llevado, que la historia de un hombre tan sin usual debería de tener otros capítulos especiales. Y, activando mi personalidad compulsiva, de inmediato iniciaría la segunda etapa de mi ruta que, al ir avanzando, cada paso que daba era correspondido con capítulos que claramente me mostraba la magnitud de una historia decepcionante
Al asomarme a esta segunda parte de la aventura, me llevaba a visualizar un evento a finales del siglo VI AC, de un gran establecimiento rodeado por una furiosa multitud que, hartos de lo que consideraban una secta maligna, pretendían linchar a todos sus miembros con su destructor y diabólico teorema matemático convertido en religión bajo la dirección de su líder, Pitágoras. Pero, para ubicarnos mejor, debo regresar el reloj unos años.
Pitágoras, después de una larga ausencia, regresaba a la isla que lo vio nacer, donde le darían ese nombre que significaba; aquel definido por los dioses, y recibiera los primeros tintes de sabiduria de Tales de Mileto y Anaximandro. Habia pasado 20 años en Egipto donde aprendería sus matemáticas descritas como el lenguaje de los dioses, pues los números, ecuaciones, era lo único que permanecería cuando todo fuera destruido. En Egipto, ante una invasión, sería hecho esclavo lo que lo llevaría a Babilonia y allí aprendería las matemáticas como secreto del universo. De los sacerdotes babilónicos aprendió el poder de la matemática.
Regresaba a Samos que lo recibía en medio de la destrucción que dejaran tantas de sus invasiones, gente sufriendo en un ambiente de gran desesperanza. Decidía abandonar su tierra y llegaba a Crotona que también habia sufrido una derrota militar ante una sociedad deprimida. Pitágoras aparecía lleno de vida, energía, seguridad, presentando para la deprimida sociedad una alternativa diferente a gobiernos y sus deidades, afirmando todo era números. El universo era una gran matriz matemática al igual que la vida, hasta la música. Todo era un código numérico dependiente de las matemáticas y para avanzar habia que conocerlo.
Fue cuando decidía construir una nueva sociedad con capacidad de edificar un mundo mejor. Había descubierto ese gran poder celestial, pero, sabía que no era para todos porque era demasiado grande. Pasaba a formar un grupo que, ante tanta gente desesperada, corrían hacia él. Pero, el grupo sería muy especial y selectivo pues a Pitágoras no le interesaba la plebe. Quería reclutar a los mejores y establecía requisitos pretorianos y, los aceptados, deberían iniciar guardando silencio durante cinco años como una fórmula de esterilización de cerebro y conciencia. Parecía que estaba inventando el Estado Profundo.
Un pequeño grupo era el que dictaba los deberes y vigilaba que se cumplieran, si cumplían con sus tareas podían ascender al siguiente llamado matemáticos, donde conocerían los secretos del universo y, sobre todo, la forma en que operan los humanos, entre ellos todo se compartía (comunismo). Esos perfiles ya eran similares a sectas religiosas donde los miembros son totalmente controlados estilo a los 3,000 idiotas que, por orden de su líder, dócilmente se envenenaran con su bebida. Los pitagóricos ya consideraban el alma inmortal y, dependiendo de sus conductas, serian premiadas o castigadas en una reencarnación.
Y, como siempre sucede, Pitágoras meditaba; ‘si se puede ordenar el universo, se puede ordenar las sociedades’, y decidida debutar en la política con su gran arma. “Todo depende de los números” y cada número debería tener u significado divino. Su Teorema, entonces, se convertía en la Biblia de su nueva religión seguro de tener las llaves del poder celestial. Pero, como también siempre sucede, la soberbia ciega hasta los genios y le impedía ver que su esquema tenía profundas grietas. La figura dibujada era imperfecta pues le faltaba un factor que no existía. Ello sería el colapso de su dios, surgían sus ecuaciones incompletas e irracionales. Y, como siempre sucede, decidían ocultar la verdad a la plebe ante su miedo de naufragio.
Y, como siempre sucede, los 300 matemáticos se quedaban con todos los productos expoliados en la guerra y la “plebe” era invadida por la inconformidad, y el horno estaba listo. Y, como siempre sucede, surgiría el primer nuevo líder rebelde, Hipasio, el cabecilla entre los inconformes que ahora liderara combatiendo a los 300 que se habían convertido en explotadores. Pero, la respuesta de Pitágoras sería feroz utilizando todas las herramientas poderosas que había acumulado. Hipasio derrotado al huir moría en un naufragio y así sobrevivía la nueva religión de los 300 elegidos y favorecidos.
Pitágoras procedía ya tranquilamente a la construcción de su pais gobernado por sabios filósofos, pues jamás entregaría el poder a la plebe con su democracia destructiva. Los 300 formaban un consejo de oligarcas intelectuales, el Estado Profundo de la antigüedad, que luego inspiraría a Platon y después los enfrentamientos de los liberales del renacimiento, y un Schumpeter afirmando que un ciudadano típico caería a su nivel mental y de conducta más bajo, solo visto en los seres primitivos, al entrar al campo político. Así, los debutantes tiranos formaban la escuela para producir esos filósofos sabios que siempre debian gobernar justamente.
Pero entonces surgiría Silon, el sepulturero de la Corona ya en poder total de Pitágoras, un aristócrata que, al solicitar su ingreso a los 300 elegidos, fuera rechazado por Pitágoras que al entrevistarlo lo identificaba peligroso. Silon juraba venganza y decidía destruir al grupo con la información que ya poseía. Silon se convertía al populismo malo con la vieja bandera del defensor del pueblo, que a futuro maduraría en el Imperio Romano que Constantino agrupaba en la iglesia varios siglos después. Se iniciaban las protestas populares lideradas por un aristócrata disfrazado de redentor de los afligidos. Y todo fracasaba.
Eran los antecedentes de la lucha actual que nada tiene de ideología, esta lucha por el poder que, Pitágoras hubiera podido resolver, pero, como siempre sucede, fue contagiado por esa horrible enfermedad del eterno poder donde se ha perdido la integridad del servicio público, no carrera de por vida, integridad que sus últimos vestigios los rastreamos hasta los padres fundadores de EU que deben estar llorando en sus tumbas.
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