Ricardo Valenzuela
Jamás en mi azarosa vida me hubiera imaginado que, a un cierto punto de este camino, me hubiera sentado a escribir una nota como la que escribo en estos momentos, sobre todo, después de un largo periodo de mi retiro de la iglesia por infinidad de razones que me llevaron, inclusive, a considerar que tal vez pudiera ser ateo. Pero, cuando alguien me recomendara acudir y leer los famosos evangelios perdidos y encontrados en 1947. Y al proceder, ya siendo lector de filósofos atrevidos como Nietzsche y Spinoza, hacerlo provocó una rara apertura de mi mente y, sobre todo, la urgencia de buscar algo más que abriera esta enorme y nueva circunferencia ante mí.
Al mismo tiempo que iniciaba mis nuevas reflexiones, empecé a recibir avalanchas de información de un chamaco italiano de solo 15 años, Carlo Acutis, que falleció en el 2006 y fuera beatificado en 2020 después de certificar varios milagros. Después leía cómo su madre, Antonia Salzano, afirmaba que, desde niño, Carlo, gran devoto de la santa eucaristía, afirmaba que era su carretera hacia el cielo y hacía comentarios proféticos sobre su muerte. En particular, decía que moriría sonriendo cuando pesara 70 kilogramos, que fallecería a causa de la rotura de una vena en el cerebro y que siempre permanecería joven. Todo ello se cumplió de acuerdo con lo que había anunciado.
Y lo que me impactaba era que, desde su muerte, había surgido una infinidad de historias increíbles de gente que lo había conocido. Historias, no de fieles cegados por su admiración sino fluyendo de las bocas de científicos como los químicos de laboratorio, los médicos y enfermeras que lo atendieron en su corta estancia en el hospital donde falleció. Me impresionaba de forma especial lo afirmado por la mujer que había vestido ya muerto, que aseguraba con asombro que todos sus signos vitales eran los de alguien aún vivo, incluyendo también que su cuarto tenía aroma de flores.
Pero cuando, sin remitente, me llegara un video que me impactara como pocas cosas lo habían hecho en mi vida, afilaba mis sentidos. Era del experto que debía tratar el cuerpo y dejarlo listo para su entierro. Este hombre había expresado, con especial emoción, el mismo ramillete de sentimientos que el cuerpo provocara en quienes habían tenido contacto. Afirmaba que no requería maquillaje pues su color era perfecto, sus músculos estaban firmes, su temperatura era la de un cuerpo vivo y aspiraba un olor a flores. Su impresión fue tal que su recuerdo lo acompañaba siempre y también un raro sentimiento de ausencia de algo que debería buscar.
Decidió ir al pueblo original de Carlo a conocer a su madre, quien, para su sorpresa, parecía estarlo esperando. Lloraron juntos, no de dolor, sino de felicidad por algún logro invisible a punto de revelarse. Y, al iniciar la despedida, la señora le entrega una nota que Carlo había dejado para él, con algunas instrucciones, siendo una de ellas que solo la debía abrir hasta que le llegara una señal que debía reconocer, y una palabra cuyo significado no entendió. Regresó a su casa y pasaron los años hasta que un buen día, repentinamente, empezó a sentirse mal sin tener antecedentes de enfermedades. Y, a este punto, para mí, esta historia se convierte en “algo raro” que, hasta la fecha, no entiendo y que sigo tratando de hallar algún significado.
En el video, este hombre, a quien llamaré Ginno, señalaba que, vivía solo, y pasaba a describir no solo los síntomas de su malestar, sino las circunstancias en las que lo atacaba, sus pensamientos con impresionantes detalles ante algo desconocido. De repente, me doy cuenta de que estaba describiendo, paso a paso, señal tras señal, lo que a mí me había sucedido un par de años atrás, que casi me costó la vida. El ataque, para ambos, se iniciaba con una confusión sin saber dónde se encontraba, seguía una gran dificultad para respirar, porque se inundaban de agua los pulmones, aparecía una sed insaciable sin tener agua en casa. De repente, esa rara noción de estar a punto de la muerte ya en medio de una semiinconsciencia, pero no surgía el miedo, solo una bella música.
En medio de ese estado, Ginno oye los gritos de una vecina preocupada por algo que no sabía qué lo provocaba, pero sentía que debía contactarlo y, al no recibir respuesta a sus gritos, entra por una ventana. Esa misma película yo la vivía solo que en lugar de una vecina, sería una de mis hijas quien, sin saber por qué, decidía ir a mi casa y, como la incursión de la vecina por la ventana salvaba la vida de Ginno, la de mi hija salvaba la mía. Y debo enfatizar: mis hijas jamás aparecen en mi casa sin avisar. Los doctores de ambos afirmarían que, si esas rescatistas hubieran llegado media hora después, ambos estaríamos muertos. Porque ambos habíamos sido atacados por un desconocido virus.
No estoy afirmando que lo que me había sucedido fuera un milagro, mi intento de regresar a la espiritualidad no había llegado a ese nivel de fe ciega que la iglesia siempre ha exigido de sus fieles. No, pero sí creo ahora en ese poder de la física cuántica que, según el sabio Carl Jung, después de consultar los evangelios de la Iglesia de Etiopía ocultos durante dos mil años, describía los poderes de Jesús como psicología espiritual cuántica. Algo que al gran Einstein le provocó afirmar que él creía en el Dios de Spinoza con su filosofía divina. O las ideas de Jacobo Grinspan que describían a Jesús como el más grande de los metafísicos. Esa física cuántica donde el observador es observado, donde los pensamientos tienen el poder de hacerse realidades.
Ginno, ya recuperado, pero todavía no dado de alta, sintiendo una extraña necesidad, piensa en la nota de Carlo que no había leído, y le pide a su vecina salvadora que se la lleve al hospital. Aquella nota que Carlo le había dejado y habría discutido con su madre hacía algunos años. Al tenerla, de inmediato se da cuenta de que la palabra que no había podido descifrar era el nombre del hospital donde estaba, que era el mismo hospital donde el beato Carlo había fallecido hacía unos años. Se da cuenta de que esa era la señal para que leyera el contenido de la nota y procedió a leerla. ¿Qué le decía Carlo? Algún día lo sabremos.
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