Ricardo Valenzuela
Para de alguna forma entender el fellinesco mundo en el cual México se encuentra después de 200 años de independencia, hay que cavar muy profundo. Profundidad exigida porque es un fenómeno desconocido y sin antecedentes, para lo cual las pocas mentes lógicas que han sobrevivido no estaban preparadas. Porque no hay expertos en la endogamia política, ni en fenómenos de implosión destructiva que ni la física cuántica nos pudiera dar coordenadas para interpretar y entender la diabólica decadencia que se ha provocado vía destrucción.
Porque si evaluamos los resultados de este proceso considerando solo la partitura de lo que se le identifica como la conquista total de las sociedades, la Hegemonía Cultural de Antonio Gramsci, la prisión que ha esclavizado a gran parte del mundo, nos situaríamos muy lejos para poder identificar las verdaderas causas del infierno al que México ha sido condenado. Pero, al dar los primeros pasos, nos daríamos cuenta de algo verdaderamente increíble: todo esto ha sido provocado por las acciones de solo un hombre, no Pedro Infante, sino el Napoleón mexicano, Andrés Manuel López Obrador