Ricardo Valenzuela
A principios de los años 70, Ernesto Yberri y yo, recién graduados en el Tec. de Monterrey nos dirigíamos a al DF para iniciar nuestras vidas profesionales. Al llegar a una loma donde se observaba todo el valle de México, detuvimos el auto para admirar el monstruo que nos proponíamos conquistar. A lo lejos, un campesino trabajaba la tierra. Yberri, con su conocido romanticismo me dice: “Mira chavelo, los pinches ejidatarios sembrando con bueyes y arados de madera mientras los gringos juegan golf en la luna”.
Nos hemos preguntado ¿Por qué los billonarios de la tecnología han iniciado importantes inversiones en proyectos espaciales? Lo están haciendo Bezos, Branson, Musk y otros. No es un pasatiempo para divertirse los fines de semana. No es cumplir un deseo frustrado producto de una niñez de carencias. No, ellos son visionarios que han perseguido sus sueños y se han asomado a ese recinto de la grandeza y, al abrir ese portal, la experiencia ha sido sublime.
Arthur C Clarke, autor de ciencia ficción, respondía a la pregunta acerca de la existencia de extraterrestres: “Hay dos posibilidades, estemos solos en el universo o no lo estemos. Ambas son igual de terroríficas”. Pero ellos no tienen miedo explorar porque creen es lo que nuestra especie necesita para avanzar: “Podemos inspirar a la gente para que trabajen en la construcción de un futuro sin los tumores actuales. Esto es más que una misión espacial, estamos tratando de construir un mundo mejor”.


