Ricardo Valenzuela
La película mexicana, Ley de Herodes, nos muestra el reino de los pendejos en toda su dimensión. “El ministro de gobernación debía decidir enviar nuevo alcalde a un pueblo donde la gente había linchado al que estaba en funciones. El asistente inicia presentando candidatos con sus expedientes. Todos impresionantes, abogados, economistas, doctorados, pero el ministro los rechazaba. De repente, el asistente toma un expediente y lo hace a un lado diciendo, “este no”.
El ministro molesto le reclama ¿Por qué este no? El ayudante le responde, “porque es muy pendejo.” Al ministro se le ilumina el rostro y casi gritando le dice, “este es el que necesitamos hay que enviarlo ya,” solo porque era pendejo. Un defecto que luego eliminaría al tener que enfrentar a un pueblo de pendejos y corruptos. Era la clara representación de la realidad de una sociedad de políticos, narcos y pendejos.
Y ante el gran éxito que redituaba la conversión de pendejos, el primero que saltaría con la idea de un poderoso instrumento para consolidar, expandir y asegurar, el nuevo mundo de estos pendejos. Ese mundo que Constantino, emperador romano, sabía le redituaría más que sus potentes falanges con las que se había construido el imperio. Era un instrumento que el emperador jamás imaginó su trascendencia. La sociedad de gobiernos con la iglesia que cubriría el mundo. En el Concilio de Nicea se condenaba un mundo invadido por pendejos.