Ricardo Valenzuela
Recién llegado al Tecnológico de Monterrey a mis 16 años, poco antes de su asesinato John Kennedy, en una entrevista expresaba que llegar a la presidencia era la consumación de un largo sueño que había siempre tenido, sueño de reciprocidad para servir a ese país que tanto le había dado a su familia. Y afirmaba era algo que compartía con su hermano Joseph, el primogénito, porque era un sueño que ambos portaban. Joseph moría durante la guerra mundial en la cual John fuera premiado por su heroísmo.
Era la primera vez que escuchaba alguien expresando sentimientos tan positivos por un gobierno y, acostumbrado a las críticas del gobierno mexicano de mi padre y de mi abuelo terrateniente, sin más elementos iniciaba una gran admiración por el de EU. Y esa gran admiración crecería cuando, como residente de un estado fronterizo, siempre me impresionaba ver la diferencia entre los dos países. Y para mí era claro que ese milagro de EU y lo mismo que el vergonzoso atraso de Mexico, era consecuencia de sus gobiernos tan diferentes.
LA CARICATURA DE LA HUMANIDAD (SEGUNDA)
Ricardo Valenzuela
Durante el siglo IV de nuestra era, se celebraba el Concilio de Nicea en donde naciera la iglesia cristiana a la medida del emperador Constantino. Allí se habían enfrentado dos corrientes del cristianismo y la que fuera favorecida, se convertía en base de la nueva iglesia católica. La corriente perdedora durante los siglos siguientes sería perseguida hasta que, según sus verdugos, había sido totalmente destruida. En esa misma convocatoria, se definirían las herramientas de la iglesia para su control pretoriano de la humanidad, el mandato del emperador.
Sin embargo, muy pocos conocen otra convocatoria similar que tuviera, tal vez, una importancia superior a la que le había dado vida en el siglo IV. El Concilio de Trento en el siglo XVI. Y afirmo su gran importancia porque, ante el desgajamiento de la iglesia, cortesia de hombres como Lutero, Calvin en la Europa continental y, sobre todo, Enrique VIII, del imperio británico, la iglesia había perdido su hegemonía en gran parte de Europa y algo debían hacer. Después de los 18 años de la duración del concilio, finalmente emergía, no una reforma inteligente, sino nuevas formas de control más tirantico y verdaderamente cruel.
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