Ricardo Valenzuela
Mi afición por la escritura que, por increíble que parezca, se iniciara desde mi adolescencia, sumada a la exposición de mis ideas a través de tal medio, raras ideas de libertad en un mundo en el que poco a poco han fenecido, siempre me ha provocado ciertos enfrentamientos, no solo con los portadore de veneno ideológico de socialismo que, en su metamorfosis, ha resultado en una fuerza más depredadora y destructiva de lo que supuestamente han combatido y, con ese atractivo, se suman a la manada. Esa manada que, a través del tiempo, se ha convertido en la plaga de la destrucción, cuando sus líderes siguen su ruta inspiradora, acumulando fortunas que envidiarían sus apoyadores Rothschild.
Y esos enfrentamientos, durante mucho tiempo, los llevaba a cabo en ese campo de batalla civilizado de las ideas y, sobre todo, de los números, para darles la potencia necesaria y enfrentar especulaciones. Y, en un país como México que, a través de la historia, ha sido receptor de la peor mezcla de ideas que lo han llevado a la mediocridad eterna, no pasaban más allá de algunos gritos y, desgraciadamente, muy pocas veces de cierta forma de comprensión y hasta aceptación frente a mentes abiertas a ese diálogo inteligente. Esas ideas que siempre se me acusa de agresiva presentación, siendo solo el entusiasmo ante posibilidades
