Ricardo Valenzuela
Al final de la primera guerra mundial el mundo lucía muy diferente. La guerra no solo había destruido a medio continente europeo, también había destruido buena parte de sus monarquías en un conflicto con una rara fisonomía. Tres lideres de los paises participantes eran nietos de la reina Victoria de Inglaterra. Y el gran perdedor había sido Alemania que, ya derrotada, sufriría un daño superior con el Tratado de Versalles. En esos momentos se daba validez a la frase de Jefferson: “Siempre que finaliza una guerra, de inmediato emergen gobiernos agigantados y sociedades acotadas que pierden gran parte de su libertad”.
De las muchas disposiciones del tratado, una de las más importantes y controvertidas estipulaba que Alemania y sus aliados aceptasen la responsabilidad moral y material de haber causado la guerra y, bajo términos que los obligaban desarmarse, realizar importantes concesiones territoriales a los vencedores y pagar exorbitantes indemnizaciones económicas a los Estados victoriosos. Alemania fue expropiada del 20% de su territorio. Además, fue obligada a ceder todo su imperio colonial que fue repartido entre las naciones vencedoras. Acciones que simulaban a piratas repartiendo su botín.

